lunes, 27 de junio de 2011

Partir (viñetas enlazadas, 2)

VIENE DE Partir (viñetas enlazadas, 1)
PARA LA ENTRADA GENERAL DE LOS CUADERNOS La ilusión viaja en tranvía



Marchante
-¿A cuánto? -preguntó señalando el montoncito sobre mi manta en el suelo.
-Millón -contesté.
-¡Perdón! No, no quiero comprarle la producción de aquí hasta que se muera. Si ni a una docena llega.
No tuvo respuesta, sólo mi rostro de hambre mirando hacía él, que se conmovió.
-¿Cuánto por todo?
-¿Por todo? No puedo, patrón.
-No me salga como la india con su kilo de limones.
Por primera vez entendí a la mujer del cuento.
-Sí le salgo, señor, perdón. ¿No ve qué es lo único que tengo? Si se lleva todo ¿qué hago mañana? Viene el inspector y me corre.
-¿Y luego?
-Que no sé hacer otra cosa, marchante.
-¿Qué?, ¿estar aquí de ofrecido? Pues de qué come, pobre hombre.
-De la voz que regatea. Soy el puro regateo, ¿ve? ¡Pásele, joven!



Dos
¿Estás despierto? ¿Quieres algo? Mamá tenía razón y con todo no puedo evitar la idea de que deberías salir. Hay tanto qué ver, tanto para enseñarme a mirar. 
Esta noche debiste acompañarme al café. ¿Te aburro? Claro. Pero es que la calle subiendo entre el empedrado, los sauces y los chopos... Imagina la jacaranda sin flor que infla el tronco y las ramas, que yergue o estira hacia lo alto. Y las luces... Las mismas, de otro modo. Qué se yo, ¿verdad? Perdón. Sonríes siempre que escuchas eso. Creo que hay palabras que en algo te valen. 
Está bien, no me regañes, voy. Deja de reír. Nadie se te acerca siquiera en el arte éste. ¿Así los cariñitos? No, eres un pillo, los otros que te los haga Inés, o mejor la hija, ¿no es cierto, brivón? 


Madres
Termino de hacer las cuentas, madre, y faltas. Hablé ya de la última vez juntos, con mi espectáculo en el restaurante al que solías ir, entre una ancha mesa de tus más queridas amigas y amigos. Dije cosas terribles de ti a grito limpio, marché y nos esquivamos cuando llegaste a tu casa poco antes de yo tomar el avión de vuelta.
Mujer sin tacha, decían cuantos te conocían: proba, solidaria, esforzada, sin maledicencia para nadie, fiel a cabalidad a los tuyos y a tus principios. Y eso que no valoraban en mínimos justos términos tu con mucho mayor obra.
Pecabas de lo de cualquiera, de ser de carne y hueso y no corresponder así por completo a la imagen que te hacían. De ello te acusaba en el restaurante. O tal vez justo, y sobre todo, de tu gran mérito: el
valor, que entre otras cosas te hizo soportar el destino de ama de casa cuando en la cabeza no te cupo antes nada parecido, mientras sin que pasara día en treinta y seis años construías la oportunidad de cumplirte y cumplir al marido volviendo a donde los echaron a palos.
Te fuiste, ma, cuando no encontraba el modo de voltear a las madres por las cuales te cambié apenas tuve ocasión de huir a la azotea, menos de un metro de alto y una batita enc
ima, dije. Sin tí no había más a quien apelar, nadie delante, y quedé a solas.
Fuiste tan blanda y a la vez y sin querer tan dura. Huías ante mis ojos, luego de hacerlo ante mi boca succionándote el pecho.
Un sábado de mediodía, cuando tenía trece años, por la ventana mirando a un amigo de mis hermanos saliendo de su casa frente a la nuestra, a lo institivo dijiste:
-Ese es un joven guapo. Como los de mi pueblo -pues era a lo cuadrado, al modo de los mineros.
No lo veías con antojo y lo que me sorprendió no me hizo polvo porque de alguna manera lo sabía desde cuando te me ibas por el pecho -imagina, ma: el niño de brazos en ti, por ti, entero, que a lo repentino no sabe cómo cae en el vacío y aprieta con la boca y las manos y no hay sino seca carne, des-almada.
A buenos ratos no me encontraba en el espejo, Puri. Me buscaba y en mi lugar estaba un remedo que se empavorecía en los ojos -los ojos, siempre persiguiéndome en ellos, en pos de los de la azotea, un poco tristones pero amorosos-. Eran hijos del cinturon de montañas casi a un paso desde allí, en el aire como de lupa de tan diáfano.

Será en lo que escriba a papá donde recuerde la mañana del susto de los dos cuando, recién aprendí a andar, no me encontraban por ningún lado y fueron a dar conmigo cuarenta escalones arriba, a cielo abierto, entre los tendederos y los cuartitos para las campesinas convertidas en sirvientas. Involuntariamente me habías enseñado el camino hacia mi segunda cuna, la inmensa, liberadora: el valle que Ellas arrullaban.
¿Comprendes, ma? ¿Y el que lo hagas me eximirá por la tarde de explotar en el restaurante?
Me querías, bellísima, noble mujer, pero desde que me hice adulto por todo me reprendías o, más doloroso para mí, te condolías. Demandabas que tuviera un buen lugar en el mundo, y no sabes bien a bien lo que pedías.
-Termina la carrera.
¿Para desesperar de mis compañeros y compañeras, formados de la más ínfame manera por la república de la injusticia, y convertirme en un hombre de punta en blanco, con una casona y chofer a la puerta, contemplando el hormigueo abajo? ¿En verdad pretendias que fuera una copia del administrador de la mina, el magistrado, el alcalde, que insurrecionaban a tu padre?

-Decídete y haz lo que este y aquel.
¿Para desvivirme en busca del éxito, en la desmemoria de los túneles y los agujeros esos que me criaron, padre reglamentario, dos horas de despotismo por noche y un autoritario paseo de fin de semana?
-Casa con esta hermosa mujer y ven a vivir cerca de nosotros, con tus pequeños.
¿Y aceptar a quien no sabía si se enamoraba de mí o del cómodo espacio que ganaría a través tuyo y de papá? ¿Decir sí al excelente puesto que me conseguiste, dejando con un palmo de narices a los miles que hacían cola por él con mucho mayor derecho? ¿Meter un océano de por medio entre los hijos y la madre, a quien habías dado inmensas gracias por rescatarme?
Te comprendía, ma, y no podía sin embargo dejar de revolverme contra el elegante piso en una calle de postín de la rancia capital, que cambiaste por la digna casita en la ruda, pequeña ciudad de carbon que me enseñaste a extrañar pues fue ella quien te cabó en los huesos la alegría y el orgullo. O contra tu Sí, me visto como odio, para saludar al Rey, un día después de quemar el pantalón del hermano, que te apenaría en la calle. O contra el intento, siempre involuntario, por supuesto, de deseducar a los nietos en sus visitas de verano, poniéndoles a la mano cuanto el poder provincial proporcionaba. O contra, ni más ni menos, tus airadas declaraciones inculcadas por otros, hacia La intolerancia de los mineros para aceptar el fin de su mundo... que fue el tuyo.
Mucho empeño pusiste en tener cerca de ti, más que a mí, a mis hijos, como era comprensible. Nunca te diste cuenta que, tal debe ser, un hombre no renuncia a la madre. Y las mías...
Pero eso eras tú en mí, má, y mal vista, pues bien se entendía que hicieras cuanto fuera por volver, tú sí, a los diecisiete, y tener a tu prole cerca, a pesar de lo mucho que tú y papá trabajaron por arraigarnos a un hogar tan pródigo como el de ustedes.
Espera, déjame descansar un poco, sentado en la banqueta. Te miro un momento y de una vez reconozco lo que supe y oculté siempre. No, no querías hijo señorito, ni rodeado de aplausos, ni nada semejante. Sólo que creciera la semilla. La angustía venía de ver cómo me vencía, sí. Y era cierto y no, sabes.
Porque no fue fácil. Anda, reconóceme el lugar en la cadena, como prometo hacerlo contigo. Y vamos, que los demás esperan para cenar.
¿Un cigarro? ¿Tienes tu boquilla, porque estos son un poco fuertes? ¿Que la perdiste y lo mismo da? Bueno.
No empieces. Qué carajo te importa si uso pantalones de mezclilla. Sí, sí, a otro perro con ese hueso.
En fin, que ya estamos de nuevo al principio. No te rías, que se te cae el puente como la vez aquella...

Ambos sabemos que es así y no, ma, pero no encontré otra forma de que vinieras, para quedarte, a la manera de tu padre. Nos resta un buen trecho por andar, jefecita, al modo de la película, del brazo y por la calle, no en son de novios sino de compañeritos, que el Edipo lo cumplí con la abnegada sierra del Ajusco -si supieras cuánto soportaron, cuánto sopor
tan esos cerros: miles de siglos renunciando a su majestuosidad para recibir con amor el asalto de pobres casitas hasta la coronilla.


El sabio analfabeta
No sé si conocí alguien tan inteligente como Nabor. Ya muchacho empezó a leer y escribir con ayuda de un silabario, y cuando éstos dejaron de usarse se negó a continuar el aprendizaje.  
Creo que disfrutaba constatando que los demás nos dábamos cuenta de cuán profundo era, y por eso estaba siempre dispuesto a pasar un buen rato con nosotros al terminar la jornada.
Íbamos a la fábrica en la cual trabajaba para gozar del calor que faltaba en la calzada enorme. Quedaba pasando la autopista, en un lugar que recordaba los plácidos linderos de una ranchería.
Se entraba a una arbolada calle sin pavimentar, sobre la cual estaba otra planta y cuando a veinte o treinta metros ésta desaparecía, se doblaba en una segunda todavía más corta, donde no había más que la fábrica del Sabio y una tienda frente a ella, cuya parte trasera se adornaba con flores y música de una rocola para servir de merendero y despachar cervezas clandestinas. Allí eran nuestras charlas.
En un estilo parsimonioso y como si se refiriera al precio de los chiles o las tortillas, soltaba sentencias o tejía cuentos breves para dejarnos en suspenso, en demostración de que hasta lo en apariencia más simple podía observarse desde varios lados. En ciertos momentos sugería así ideas idénticas a las de grandes escritores y filósofos. Dos se me quedaron grabadas.
Sin saberlo, en la primera reproducía, palabras más, palabras menos, una frase cumbre de un famoso pensador francés: El infierno son los otros; es decir, los hombres y las mujeres que nos rodean y ante quienes nos desvivimos para que nos reconozcan, buscándonos desesperadamente en el espejo de ellos. Por el padre, la madre, los hermanos, la pareja, los hijos, los compañeros de trabajo, los vecinos y los que nos dañan, vivimos; en procura de su amor, su respeto o su miedo. Y cuando no encontramos en ellos lo que creemos haber sembrado de nosotros, no podemos soportarlo y sufrimos torturas no menores a las de la condena en las llamas eternas. Tal fue, en resumen y mal contado por mí, su razonamiento.
La segunda gran idea remataba un episodio suyo en el pueblo, del cual posiblemente había resultado un hombre muerto. Tocaba el tema de la culpa y la religión, para coincidir casi exactamente con el momento culminante de una de las mejores novelas rusas: Si Dios no existe, todo está permitido .
Le gustaba también referirse a los diablos o monstruos en persecución nuestra. Según él, eran representaciones de cuanto intentábamos no percibir, aunque estaba dentro o fuera de nosotros permanentemente. Los describía de distintas formas: un gigantesco velo negro o una gruesa sombra; un descomunal hombre a caballo agitando un machete, o sólo el caballo, con ojos color sangre, que escurría babas y se levantaba para echársenos encima; una luz de brillo criminal, una grotesca máscara carcajeándose o un agudo sonido que destrozaba los oídos.
La peor de estas criaturas se hallaba por todas partes, en todo instante, y hacía vacilar la tierra bajo los pies, amenazando con abrirla y tragarnos.


¿De veras volver a los 17?
Un gran escritor francés sepultado por la posmodernidad, decía que había tenido veinte años y jamás permitiría afirmaran es el momento más hermoso de la vida.
Recuerdo a mis sobrinos volviéndose adolescentes y yo mirándolos con piedad:
-Es andar desnudo por la tierra toqueteado, penetrado a veces, por un mar de imprecisables quienes.
Pero en algún punto entre esos años, recién pasados quizás, andaba el día de aquí para allá preparado a que me invitaran al fin del mundo, adonde iría silbando.
Hoy a los sesenta y dos años tengo la misma exacta sensación. ¿Chocheo?, ¿anoche soñé que un gorrión me susurraba el secreto de la vida?, ¿o es sólo que falta el agua en casa y salgo con desparpajo a la calle, sin bañarme ni peinarme, con lo puesto, como entonces?
¿Si por el principio de envejecimiento, vuelvo, quedo al modo de los sobrinos que recuerdo? ¿Cuánto antes de decidir el fin escribió Violeta Parra la canción?
No, ese Sócrates en verdad era un sabio.

Escribo esto mientras voy al extremo contrario de la ciudad. Al llegar me dicen que mejor no, que será mañana y en otro aún más alejado rincón, para cobrar.
Y, bueno, algo simpático ha de estarme pasando cuando regreso a casa igual que si llevara el cheque en la bolsa.


De una punta de inútiles y de sus viajes
No sé si había razones en descargo, lo seguro es que en 1970 yo era un completo inútil.
En la Zona Rosa, moderno Montmartre de décima categoría en la ciudad de México, donde llevaba años en un medio conflictuado y muy categórico vagabundeo, dentro del célebre restaurante de siempre, apenas sentarse y en presencia mía Lubardo diijo eufórico a Fendes:
-¡Ya lo tengo!
Lo que tenía era la forma en la cual Fendes podría cumplir el sueño, aceptando la invitación de viajar a Manhattan -ya por aquellos tiempos una cosa era eso y otra NY- hecha por una joven USA futura heredera menor de un gran consorcio. Según se había platicado, el paseo terminaría en legal matrimonio. Que la dicha forma sirviera a Lumb para ganar unos pesos creo resultaba secundario, considerando que su sueldo estaba entre los jugosos.
Se trataba de comprar un artefacto que Lumb promocionaba con un concurso, cuyo premio era un auto. El segundo movimiento consistía en sacar durante la rifa, y literalmente de la manga, el número adecuado del registro de compra. El acuerdo no precisaba los pretextos para que yo tomara un tercio de lo que tocara al rematar el vehículo, y, claro, guardé el más obsequioso silencio.
Debimos intuir que el objetivo final cojeaba desde el origen, cuando tras hacerse ellos -yo era abstemio por naturaleza- del kilo de hierba que a la manera de legendario deseo cruzaba las coversaciones entre tipos de nuestro estilo, estrenamos el recién recibido regalo y pasamos un semáforo en casi-rojo. Una patrulla nos hizo el alto, Lumb y Fendes se pusieron altaneros y estuvimos a punto de ir a vaya uno a calcular dónde. Como se verá enseguida, salvarnos con una mordida -dádiva, coima- no borraba el mal augurio.
Comenzaba el otoño, Fendes llamó por teléfono a su joven rica dama, ella dijo que aguardara un poco y yo, que me había contagiado con la idea del viaje, me ofrecí a servirle de adelanto. Quien me recibiría, Juncio, es uno de los grandes protagonistas de este relato, pues fue con él que Fendes conoció a la susodicha y a su enana, antojabilísima y de pies a cabeza insoprtable amiga, a quien el segundo resolvió alcanzar de inmediato vendiéndole a su acaudalado progenitor la urgencia de mudar la UNAM, culpable de la golfería del muchacho, por una licenciatura en una universidad neoyorquina.
Mis padres, de clase media sin mayores pretensiones, habían decidido vivir en la luna de Valencia -ahora que alguien traduzca al mexicano- en cuanto se refiriera a este su tercer extraño vástago, y parecieron recibir con gusto mi burda mentira: la universidad de Juncio me becaba para un curso de duración imprecisa. F, L y otras varias siglas igualmente desatrosas y estimadas, me acompañaron al avión, y del costado contrario Juncio me recibió a lo grande.
Vivía en el Soho, que comenzaba a cumplir la vocación que hoy lo caracteriza, y con tiempo sólo para dejar las maletas en el departamento, me llevó al bar-cafetería de la cuadra -manzana, block-.
Éste estaba puesto con modestia y servía de cálido refugio, también para el hermano menor de uno de los más aplaudidos requintos de la época, a quien se aseguraba, y pienso que tenían razón, habría superado de no ser por un grave accidente. Aún así amenizaba el lugar a cambio de unos dólares que sus amigos y patrones debían sacar de la bolsa y no de la caja registradora, tan pobre como puede esperarse del par de cervezas por persona que una veintena de universitarios podían costear.
Juncio y yo llegamos en el momento en que aquel gran tipo, con sus manos esclerótizadas daba batalla a a las cuerdas, produciendo singulares obras de arte que falseaban cada poco para recuperarse enseguida. El que no desmerecía nunca era el rostro del hombre, trabajado por el dolor y que por ello era todavía mejor en las fallas.
Eso es, sin embargo, auténtica harina de otro costal en una historia como la presente, y más viene a cuento recordar la mirada de mi amigo conforme abrió la puerta al llegar. Había dos novedades femeninas entre el auditorio, y la más alta de ellas con entera justicia atrajo la atención de Jun. A su lado se sentaba la que bien pudo servir de modelo a la púber de un magnífico album, si le quitásemos una cierta bobaliquería houstoniana, de acuerdo a la caracterización que de ella me hizo luego su amiga.
Varios acordes antes de cualquier remate natural, el de la guitarra dio por terminado el asunto, y Juncio aprovechó para introducirme como un él multiplicado. Es decir, soltó una valandronada que nadie más que los amables, ingenuos parroquianos aquellos podían creer. Porque mi amigo se había presentado como un revolucionario mexicano en tensa espera por la oportunidad, y yo por fuerza debía ser uno que ya la había recibido, tomando en cuenta mi súbita aparición y mi de antemano anunciada fuga próxima.
Esto se alarga muy lejos de llegar a febrero de 1971, que era el propósito, así que saltaré los pasajes menos sustanciosos para ir a dar al instante en que Jun y la joven alta, hermosa y profundamente segura de sí decidieron por la copia de la portada y por mí: iríamos los cuatro al duplex de ellas, a meterse la mejor mariJuana jamás inventada y pasar una noche entre sábanas, alfombras o lo que estuviera a disposición.
-¡Dios!, -díjeme yo- el primer mundo en verdad lo es.
Y fue, con sus dislates.
Yo quería mucho a Juncio pero quería igualmente a Fendes y lo que soprendí después no se lo perdonaría jamás al primero. Pasó el glorioso recibimiento que Manhattan dio al provincianísimo yo, y fuimos de visita al departamento a un paso de la Quinta Avenida donde compartían la enana de estupendo porte y asesinable estilo, y la prometida de F. A pesar de mi lentitud para entender, desde nuestra llegada me quedó claro lo que sucedía tras la larga serie de preguntas que la futura heredera me hacía sobre F, frente a los amartaleados otros dos.
No era lo mío aquélla gente, de modo que raramente iba por el departamento y después de una prueba olvidé acompañar al trio en sus pasesos -mi reconocimiento de la ciudad dentro de la ciudad fue demasiado bueno como para contaminarlo con la historia en curso-. No haré el cuento largo a quienes como ustedes han adivinado el desenlace de este juego faldas-pantalones. Pero debo compartirles el momento climático: el padre de Juncio llamó una madrugada, éste había quedado a dormir con la chaparrita, di una explicación rara al señor, quien echo a llorar por la muerte de alguien muy querido.
Fui a lo de cerca de la Quinta Avenida, a regañadientes el portero me dejó entrar, no habían puesto el cerrojo a la puerta del roof garden, entré, la novia de J cantaba en el baño, tropecé con una mesita, cayó un baso, la heredera salió corriendo desnuda del cuarto de la amiga y en la puerta de ésta, mientras mi amigo hacía por espantar la culpa, aburrido le pasé el mensaje y di media vuelta.
Lo peor, claro, fue regresar a México unos meses después y buscar la forma de que Fendes se explicase el retraso que inexplicablemente aún le repetía su sueño dorado, sin conocer bien a bien la verdad. Con todo, lejos de romper con Juncio, quedamos en vernos en un extraño punto del norte del país, para ir "en busca de la revolución", el exacto 5 de febrero siguiente.
Aunque él, desde luego, no cumpliría, aquello fue el pretexto para que yo rompiera de una buena vez con mis desafortunados últimos años y con mucho más, en una segunda historia cuyo comienzo da para carcajearse de lo lindo, a mi costa.
Antes de escribir "continuará", diré que estos recuerdos me vinieron caminando de la terminal de autobuses a un hotel, por uno de los bordes donde Torreón delata la voracidad de las ciudades nacidas durante el "milagro mexicano" que nos industrializó, recordándome al DF de mi infancia, y éste a su vez, el viaje de febrero de 1971...
El viaje a Manhattan, quitadas las liviandades referidas y sumando grandes anécotas en barrios fieros, fue un inmejorable golpe que al regresar me permitió ver a la Zona Rosa y a mis recientes años tal eran: fallidos, torpisimos intentos de nada. Así que pasadas dos semanas tomé el tren.
El primer tramo del trayecto es el que vino a mi memoria en las afueras de Torreón. Mirando al paso por la ventana los nuevos fraccionamientos de Celaya, lloré. Se parecían a los de mis años de niño en la ciudad que entonces se hacía monstruo. Muchos cientos de kilómetros y un parada internedia adelante, el dinero se terminó y fui a dar a un hotel de mala muerte. Me lavaba los dientes frente al espejo descascarado, y volví a llorar.
El viaje habría seguido ese tono de no encontrar a Martín en el trasbordador. Se acercó a la barandilla desde donde a lo melancólico yo seguía el bamboleo del Mar de Cortés, y me sacó conversación. Había sido soldador, creo, en el propio DF e intentando cruzar a los EU lo devolvieron dos veces. Ahora se acercaba a mí con el aprendizaje en la picaresca que la aventura le dejó, pretendiendo sacarme algo. Pero como yo estaba más vacío que él, decidió hacerme su Sancho Panza. Dijo:
-¿Tienes hambre?
Contesté con la verdad y me hizo seguirlo hasta la cocina del barco, pues afirmaba que sin falta los cocineros eran solidarios. No se equivocó. Apurábamos una torta -un pan con jamón y cosas así dentro-, cuando el lugar se paralizó. El capitán nos contemplaba desde una de las entradas. Y el regaño se produjo pero no por darnos de comer, si no por la pobreza de lo entregado. Todos, incluido Martín, intercambiaron una mirada de entendimiento que no descifré, cuando el comandante pidió que sirvieran lo mejor a bordo en su camarote.
Allí cenamos tan opiparamente como las circunstancias permitían, aderezado todo con mi ingenuidad. El capitán rondaba los cincuenta y sus ojos relataban una tristeza vieja y profuda. Bajito, flojo de carnes y con una incompresible palidez si atendemos a su oficio, se enfocó en mi persona, sincerando poco a poco los motivos de su desolación. Al menos los que no había riesgo en contar y que yo, inútil, provinciano pero noble al fin y al cabo, quise comprender: la soledad y la monotonía del marino, de la que había escuchado en Conrad y London.
El hombre dirigía un barco, por pequeño que éste fuera, y costababa trabajo reconocer su fragilidad que, a la manera de esa noche frente a nosotros, podía exponerlo a las ruindades de los otros. Martín devoraba a mi lado, continuando las miraditas que iniciaron en la cocina y que a mí no me pasaban de noche pero casi, pues no sacaba de ellas nada en claro, como mal entendía también el juego cruzado que hacían con el olímpico desprecio del patrón, aquí sí muy en su papel, hacia mi compañero.
Estábamos lejos de terminar la segunda botella de vino cuando como a una especie de orden el migrante fallido procedió a despedirse. Intenté imitarlo, me contuvo, volteé confundido hacia el patrón, quien se apenó y bajó la mirada.
Al marcharnos no di de palos a Martín porque habría yo salido varias veces revolcado, pero estallé:
-¡Ya ni chingas, cabrón! ¡Vendiéndome por un pinche pollo y unas papás!
Río y continuó así la amistad que a saltos duraría el mes en que yo buscaba acuciosamente la revolución en una playa, a la cual él venía para asear en traje de soldado.
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Contada así la historia es justa y está medio muerta sin embargo, al no recoger lo que transcurría por mi cabeza y mis sentidos. Hago estas notas descansando del trabajo, no puedo dedicarles demasido tiempo y salto muchas cosas. Paso de largo, por ejemplo, la urdimbre de nuestro Montmartre, abultado de miserias humanas, que reflejaba a las clases medias prósperas y acomodadas de México y con la cual podría tejerse un buen drama.
No me asomo tampoco a la riqueza del Manhattan más allá de los escenarios que trato, para mí revelado en paseos y encuentros por barrios negros, puertorriqueños y de blancos pobres, todavía abundantes en la época -tardaría tiempo en que primero el llano empuje financiero y la llana especulación con bienes raíces, y luego el hacedor de Tolerancia Cero, echaran al grueso de la pobrada detrás de los puentes. Traigo en cambio el recuerdo del momento al borde de la locura, de entrar en casa de mis padres apenas bajado del avión.
Todo en ella me parecía asombrosamente pequeño, ruín, desolado, digno del olvido que la mínima justicia impedía, pues si algo había allí era un alboroto de cuerpos abiertos de par en par por terribles infortunios personales y sociales. Y con él, la riqueza humana que había sido incapaz de asimilar y estaba sin embargo en mis huesos.
Contaminado por la frivolidad del viajero moderno, de ojos bien cerrados a la evidencia de que no hay modo de aprender los kilómetros a miles pues, sabios, los sentidos y la mente son tardosos, había enceguecido también a conveniencia, acercándome a la cultura que se sustenta en la negación del pasado y de los mundos interiores, propias de los hombres y las mujeres con éxito y regla de oro del sueño americano -¿dónde quedaba entonces mi azoro ante el album de fotos que se apilaba sin clientes en una librería del Soho, exhibiendo hasta el temblor los largos padeceres de los abuelos y aun padres de la absoluta mayoría de los habitantes de la isla, que los tiraron a la basura apenas hubo modo?
En tales condiciones qué trabajo me costaba emular a Lumbardo el de la rifa aquélla del auto, organizando una más modesta aunque suficiente para poner pies en polvorosa de mi vida anterior -creía yo, y por ventura eso era imposible-. En el par de semanas que me tomó quitarle un billete a cuanto remedo de compadre de Tolouse Lautrec encontraba, quemé la media docena de supuestas calles bohemias.
La altivez hasta guapo me puso -y no son menores las conclusiones que de ello pueden sacarse- y un abrigo artesanal de Afganistan por rebozo de La Panchita -genial personaje de canción mexicana por el cual y al decir de la letra suspiraban todos los rancheros-, coroné la faena donde se precisaba: en la plaza al aire libre punto de reunión de media docena de retaurantes y cafeterías.
Desde el más elegante de ellos, frecuentado por empresarios y políticos, una recién ex Miss Ciudad de México me sonreía. Fui a su mesa, preguntó si quería cenar, a lo soberbio repondí:
-Desde luego pero no será con el dinero que no tengo- y dijo:
-Espera- volteando hacia el vecino enfundado en un estupendo casimir y zapatos con precio de cuatro cifras, a quien llevaba rato encandilando con la mirada. El tipo se transladó de mesa, pedí todo lo más caro mientras ella le entornaba la pestaña y me acaricibia la pierna, y una vez satisfechos nosotros dos:
-Toma tu palmo de narices, mi ejecutivo rey.
Por supuesto ese mismo aire no habría bastado para emocionar a la futura madre de mis hijos, pero sí bien mezclado con una idea a lo Juncio en Manhattan más decorosamente llevada: la del revolucionario en espera. Despidiéndome para siempre de la que por años compartiría conmigo el techo y cuanto en el interior de cuatro cabía, ese coctel yo subió al tren y gimoteó estación tras estación. Atrás dejaba, o creía dejar mi historia, y gracias al cielo en el trayecto empezaba a volver como debía.
El parto por fuerza tenía que ser ridículo: el de un niñito mimado tratando de asumir por primera vez las responsabilidades.
Luego vino el encuentro con Martín y el capitán, el a punto de dar en una prisión para narcotraficantes en los Estados Unidos, de puro despistado; la brevísima experiencia de panadero, el casi ingreso a un circo ambulante... y la puerta a la equivalencia posible de la revolución: los movimientos populares despertando de un letargo de casi tres lustros.
Ridículo todo y sin embargo...


Y la historia continúa estando pésimamente contada, que sólo por dentro de los seres y las cosas se sabe: las calles sin repetición posible en cada caso, y sus horas, nunca la misma a la exacta del día siguiente; la luz, el oído, los ojos de los otros; el afroamericano recién llegado de Detroit, el estremecedor triángulo el bajar juntos del Metro, los tres pisos de sacudidas hasta la puerta del hermano, un disco de Otis Redding, la ventana, el ventilador... el mar, el muelle míos... mi bobo dolor, incluso.

   

Velas
Sin dramas conmemoro mi muerte. El número de anivesario se me pierde, pues no sé cuál de las muchas recuerdo esta noche. Debo apurarme, que en diez minutos las velas serán las del pastel en celebración de uno de mis nacimientos.


Un mediodía en las afueras de la General (1974)
Cuando dos horas antes un tembloroso funcionario entregó a la carrera el papel en el cual la santa inquisición de nuestro tribunal laboral declaraba la inexistencia de la huelga, el mundo alrededor de las dos plantas pareció vaciarse, dejando a solas con los demonios al centenar y medio que hacíamos guardia en las puertas.
Ahora veíamos aparecer una mancha de gente acercándose desde el sur por en medio de la gran calzada, con palos, varillas y quién sabe si algo más todavía imprecisable, y la soledad se profundizaba. Lo hacía para ese centenar y medio y para los cuando menos dos mil quinientos trabajadores y trabajadoras, de los tres mil quinientos de la General, que habían probado estar con el movimiento y a los cuales se había dado permiso para buscar trabajos momentáneos.
La mancha se acercaba y no era temor lo que producía, sino un acusarse de cuanto con la soledad se había experimentado en esas dos últimas horas: coraje, impotencia, incertidumbre por el futuro. También en mí, que estaba allí no a la manera en que creía debía estar, como un enlace con los obreros organizados por su cuenta en Xalostoc , sino asumiendo una cierta calidad de dirigente, en representación de los abogados.
El dolor y la confusión se volvieron casi insoportables cuando la mancha nos alcanzó. Al frente, con un actuario enviado por la autoridad laboral, venía un tipo ya famoso o que lo sería pronto, y su guardia personal, presumiendo pistolas al cinto, y los ciento cincuenta o doscientos que los seguían esperaban les cumplieran la promesa de complacerse a palazos y patadas con los huelguistas.
Pero si nadie les impedía abrir las puertas, según mandaban los papeles oficiales, el medio día sería muy aburrido para ellos. A menos de que encontraran un pretexto. Mi compañero y yo, que no éramos trabajadores, servíamos perfectamente para eso, y por primera vez en mucho tiempo dejé que el más viejo de mis conocidos me tentara: el miedo. Me odié por reconocerlo, mientras a un obrero le tenían sin cuidado las pistolas y los mazos y se les plantaba inventando que las llaves se habían perdido. Entre codazos otros se acercaron para apoyarlo, mi compañero se retiró prudentemente y yo me dije que no podía dejarlos así.
Antes debía hablar por teléfono y apuré el paso hasta el único aparato en kilómetros a la redonda, que la providencia había colocado a cincuenta metros. Entonces descubrí qué los golpeadores no venían solos. Del lado contrario al cual habían utilizado para llegar, estaba lo que me pareció la reunión de toda la policía del estado de México: patrullas, julias, personal de la montada.
Llamé al asesor legal para preguntarle si era posible que se presentara tan pronto una orden de reabrir las plantas y si no había una alternativa legal para evitarlo siquiera unas horas. Las respuestas fueron las previsibles y di media vuelta.
Nunca antes ni después hice un paseo como aquel. Los del cerco me recibieron a empujones, preparados a divertirse conmigo; el famoso puso la mano sobre la culata de su arma y ante los que defendían la puerta aparecí como un cobarde:
-Denles la llave. Por ahora no hay nada que hacer.
-¿La llave? Se perdió –insistió campechanamente el que había iniciado el asunto, sin voltear a mirarme.
-Entonces dejen que abran como puedan –dije y rompí el momento de magia que la decisión de él y del puñado de hombres a su lado había creado y cuyo final no parecía importarles.
Alejándome me sentí una basura y los de los palos echaron a correr detrás de mí y de mi compañero, con el grito esperado:
-¡Agitadores!



Cosecha especial
El producto vuela siempre que uso la etiqueta Hombre Bueno. No importa si lleva años en exposición, si de él comieron los ratones, enmoheció, perdió el aroma, se agrió. Sobra dónde lo coloque, en la vitrina o el último estante.
Viene incluso mejor que esté en un rincón, asomando apenas, y el cliente crea que lo topa al azar, o más aún, que lo descubre, pieza única, enjoyada sólo a sus ojos.
De modo de no gastar el truco, suelo hacerlo una de cada tres Navidades. Lleno la caja y holgo el resto del año. De nada más que uno, claro. Los otros dos, ni modo, paso hambres.



Tiempo de caminar
En el camino de regreso, acumulada en la memoria de él o en la del departamento, estaba la música que maniáticamente los acompañaba a ambos. Ora era la de un muchacho indagando la desolación y el vértigo con sus juegos de palabras en otro idioma, ora las diestras guitarras y la voz profunda de un hombre vestido de negro, al modo de los campesinos en domingo de un lugar distinto y próximo. O, en un punto preciso, las rabietas y la desolación del piano del negro niño un par de años atrás, entre los cuales Ella, sentada en un pozo de sombra, se balanceaba todavía en el placer de entregarse al fin al jolgorio de criaturas contrahechas, traviesas, gozosas, malintencionadas, que le habían hecho gestos desde niña y que tal vez no eran sino la promesa o el camino, de veras, a la zotehuela donde los tiestos y los canarios y las gallinas y la abuela que los criaba.
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Ésta y otras estampas las robo al cuaderno que en verdad me importa. ¿Quedará aquí al final?, ¿se juntará todo? Saber, dice la canción, uno no sabe nunca nada.


Fili
Hace poco viaje al León nuestro, el mexicano, para buscar a Filiberto. Quizás estaba de vuelta a las calles viviendo no como Dios sino él le da a entender, o ambos, por ésa peculiar relación con el catolicismo cuya intimidad sólo él y Juan conocen.
No lo encontré y posiblemente él a mí sí, según creo por la mirada que maniáticamente sentía en mis espaldas, vuelta fantasma al girar la cabeza.


Gigantes
Tú en ti, y no lo digo de hijo a madre, sino de una llana humanidad a otra: gigante. Apenas tu mejor amiga y yo, creo, aparte de papá tratando insensatamente de ingeniar un refugio contra el miedo, atestiguamos el par de noches de darle pelea a la locura. Dos noches y ya, ma, luego de cinco años de buscar con angustia por el mundo entero, sin más que cartas como recurso pues en casa no sobraba el dinero. Preguntabas dónde, al especialista y él -qué bien recuerdo su piadoso rostro en esos momentos- por no cerrarte la puerta a la esperanza buscaba a su vez, te daba nombres y direcciones, revistas para que te guiaras, y nada, no había remedio: tu niño pequeño seguiría toda la vida con aquéllas brutales conmociones que, de haber justicia en la tierra, debieron derrumbar la casa... suspendido en los nueve primeros meses de vida, cuando la enfermedad no quiso aguardar ya.
Nadie, puedo apostarlo, fue más amado -en la misma dimensión sí, pues hay muchas gigantes, pero no por encima- que esa primorosa criatura, antes del par de noches aquéllas y después, al resolverte a imponérselo tal cual era hasta Dios mismo -de existir, de ese modo entonces, representación de la crueldad y el cinismo.
Esa era tu cuarta criatura, mejor aun que las otras tres: humanidad pura, renaciendo cada día. Y de qué manera lo lograste, ma.
No había quien entrara en casa sin dirigirse de inmediato a él, nuestro divino -ay, qué cosas digo- Verbo. No era por piedad sino porque iluminado por tu sabiduría podíamos verlo, resplandor sin tacha, sin desvios, sin segundo perdido.
Si te digo, ma, que mi mayor carga es el fracaso en aprender lo que nos revelaban sus ojos, la extravagante gesticulación de sus manos y brazos, la bella, fantástica sonrisa en la boca sin resorte ni temores ni buenas costumbres... y el estremecerse, una, dos, tres o más veces por día, ni un pelo menos que los presos en tortura, ni un pelo menos.
Sólo él y sus iguales saben de condenas... y de alegría, luz, viento, cantos, truenos, palpitaciones internas de los seres y las cosas. Sólo él, y sus iguales, los supremos.
Ay, hermano, lo entiendo todo tan mal.



¿Número primo?
Sesenta y tres años, escribir desde los trece, un centenar de sencillos guiones para esto y lo otro, media docena de libros publicados ¿y ni un cuento siquiera?
Algunos decían que la autocrítica era insaciable conmigo y me hacía tirar o esconder montones de soberbias o cuando menos esperanzadoras cuartillas. Juré por mis hijos que jamás me deshice de nada y sólo el pudor evitó la invitación a comprobar no había ni una buena promesa en mis cajones.
De cierta manera atinaban los decidores, sabiendo lo relativamente poco que se necesita para hacer una que otra novelita publicable: temblaba con la idea de convertirme en un escritor del montón. Pero era eso, una idea, jamás puesta a prueba por el más sencillo motivo: en mi cabeza dos por dos hacían cualquier número del uno al veinte, excepto el cuatro.
En todo caso escribir literatura resultaba una cuestión secundaria, incluso como la mejor forma de supervivencia a la mano. De nuevo la razón era simple: ni por asomo se me ocurría que de sobrevivir iba el asunto.
No en balde a la entrada del cuaderno y por mera intución digo: estar, estar. Y no, eso sí, he estado. La pregunta es graciás a qué milagro.



Caprichos
Ah, el reino de Estereotipo, cuya dinastía gobierna unos miles de años atrás. Si un individuo sale en bibicleta a las tres de la mañana, Algo oscuro trae. Si él mismo sale a las seis, Gran deportista. Si en el primer caso se para en un 24 horas, Pin teporocho, viene por su aguarrás. Si en el segundo, Fue a buscar su lechita.
¿Y si a las tres y a las seis anduviera en cueros? Ejemplo no aplica, que más allá del qué diran está el diablo supremo de los cuentos de Nabor.


Yo Pancho
Después del primer, gran, doloroso amor, pasé años repitiendo una canción: Ella me acariciaba los labios con una mirada, tomados de la mano caminábamos hacia la esquina, a media cuadra la pluscuamperfecta recordaba un urgentísimo pendiente y en segundos había cruzado a la acera contraria.
La futura madre de mis hijos tuvo que venir a mi rescate.
Al saber juntos que habíamos cumplido el tiempo más importante de la vida, dijo adios en busca de las rudas aventuras a las cuales se sentía tentada desde niña.
Luego de estar a punto de morir cuando metió en la maleta a quienes no tenía derecho, inusitadamente a lo Don fui más joven que ayer y los romances se sucedieron.
Si a lo modesto copio aquí a otro señor, este de nombre Leonardo, en su Muerte del hombre de las mujeres, no hago pues la historia de un triunfador. Sólo, como él, me reviso a través de Ellas, que tampoco resultan ser Mi bella dama.
Sería largo contar el caso que ahora recuerdo, pero algo adelanto, siguiendo el título.
El cosmos se columpiaba de arriba abajo en mi hamaca, digamos, en la casa sobre la falda de la montaña, al fondo de una que no era calle y quién sabe qué se haría con el tiempo, quince metros de ancho, las vacas pastando en ella. La eterna primavera alrededor, y abajo, donde no se veía, a cosa de nada, una ciudad todavía más o menos pequeña.
Tenía a los hijos de vuelta, un cheque modesto pero en dólares y religiosamente a fin de mes, y cuánto de fantástico estímulo recogía entre semana, corría el viernes por la tarde a explayarse en la gran capital.
El Todopoderoso me sentía y decidí seguir los pasos del V, quien un buen día dijo Total, y manque muriera en el trayecto entregose perdidamente a una de esas criaturas cinceladas en el alma por las películas y los boleros de los años 1940. La esquiva, pues, o la Perjura, la Siempreviva, la reina del Chanteclaire, siempre como de noche, con un cigarro en la mano recargada en el piano que cantaba sólo para el lujo de ella, de su par de satánicos ojos prometiendo estrellas y sangre, pongamos a lo dramático.
Un día empecé a ir a un no importa qué donde trabajaba un par de amigos. Casi apenas llegar encontré a quien me pareció cumplía a la perfección los requisitos de la dama aspirada.
Tenía muchos menos años que yo y se me dio el equivocado informe de que estaba separándose de su pareja. La verdad, de saberla, me habría detenido y al venir tarde contribuyó a colocarme justo donde deseaba.
Habíamos pasado un par de intensísimos meses, sobre todo para mí, y viéndome convertido en una piltrafa preguntó:
-A ver, ¿por qué haces tu pancho?
El término venía empleándose unos años atrás como sinónimo de drama absurdo y sin proporción, y sólo hasta ese tarde me pregunté por su origen, creí saber cuál era y contesté:
-Cómo no voy a hacer Panchos, si con ellos crecí -refiriéndome al más famoso trío de los boleros románticos.



Total (o escupo sobre sus tumbas)
Digo que soy el de una fotografía, menos de un metro de alto, en batita y a solas en una azotea disfrutando una suerte de paz santa. Que lo soy en los buenos ratos, y no en los de una segunda estampa capturada, malhumoriento a pesar o justo por los mimos en las miradas de la tía y los hermanos, celebrando, da la impresión, mi rubia, abundante, ensortijada melena, por ventura desaparecida para cuando en la azotea...
Es diciembre de 1996 y el redondo, perfecto mundo de los últimos meses se va a la basura, no importa los motivos. En al menos un par de largas temporadas antes, medidas a años, la he pasado tan mal como para desear mi desaparición, y jamás estuve tentado a ésta: si me llevaba la susodicha, tendría que ser a fuerza, bien llevándome sin más, bien mandándome a morar dentro de un yo que no se encontraría a si mismo jamás. (Es chistoso: me detengo en este punto, por hambre feroz y, entonces, feroz gozo por la vida, que en efecto aletea contenta, muy contenta, a mi alrededor: la luz de la lámpara del escritorio, la gloriosa ventana al patio de la privada, las voces de los vecinos, el gusto por mi casita de puro material noble -papel, madera, algodón-, la tentación de las cintas de música que son una pepita de oro tras otra... Pero en aquel diciembre de 1996 no había aleteos, sino un pozo sin fondo)
Muchos años antes la madre de mis hijos y yo habíamos decidido separarnos, tras una experiencia sin nada que ver con las patéticamente frívolas o anodinas cintas, obras de teatro, novelas del México contemporáneo, que mucho me temo reflejan la vida de nuestras parejas de clases medias. Convinimos entonces tener a los enanos cada uno por plazos largos y a la mano del otro.
Mi hijo mayor, prodigio que se asumió padre o madre según fue requerido, se reinventaba tan espléndido como en justicia le correspondía, yendo a México capital, y el pequeño y yo compartíamos un departamento en Xalapa.
Nada faltaba ni sobraba, ni una gota. Redondo el mundo, escribí, y así era. De pronto mi cíclica insistencia en tropezar hizo que por un momento apenas, pero por un momento: No puedo más.
Al reaccionar, deje a la cosita con su má y pasé el más ridículo y doloroso exilio: trasladar mis bártulos del departamento cerca de los centros de la ciudad, donde había construido un pequeño reino para la cosita aquella y para mí, a uno modesto pero decoroso en las afueras... solo, incomensurablemente solo.
Ocho meses de mirar fotografías en un cuarto, asomarme a la ventana, pasear frente al edificio que había sido el mío, donde Él continuaba, atravesar al sin querer cerca de la cancha donde por las tardes íbamos a entrenar... expulsado del paraíso.
Descubrí entonces cuán cruel era el mundo con muchos, entre los cuales no me incluía, o no por completo: la pareja de músicos que debía estar en un cabaret y rogaba por monedas en la calle; la madre soltera...
Juré que no olvidaría ni por un segundo el dolor de esos meses; que espantaría a la desmemoria, reivindicaría sin importar el costo la tristeza sin fin, mía y de otros. Y la echaría en cara no a los responsables, que en mi caso no había, sino a las calles muertas de alivio, que son tumba tras tumba.
Sin la muerte, sin la certeza de su constancia al lado, todo vale un comino. Bien lo saben quienes dan la batalla por un día a día que resulta, en su terquedad, más brutal que la de Stalingrado.



Sequía y fiesta
Esta vez me di a los derroches con los ahorros de la Cosecha especial y a principios de agosto ya empieza la sequía. Para aguantar de aquí a diciembre de 2012 junto periódico, hago colección de buenas colillas, busco un zagúan a propósito y practico la más rentable forma de estirar la mano.
-No, señora conmiseración, deje de pasearse por aquí. No ve que disfruto también dormir a cielo abierto y tener pretexto pa platicar con los que sueltan la moneda y con los que se la guardan, da lo mismo. Y total, sigo holgando, ¿no?
De pilón los nietos se divierten como locos en las pijamadas con La Jornada y El Universal de manta, descubriendo los secretos de la noche gorda.
En la última temporada como ésta fue que el Emi se enamoró pa siempre de la luna y el Sebas aprendió a tocar la armónica.
 No, qué hueva si siempre pudiera ir al super, dormir en cama, rasurmarme y peluquearme, enverdecer por falta de aire y sol.
Perla, la misteriosísima habitante de los portales de Veracruz, reía cuando le preguntaban cómo podía hacer de la puerta de la catedral su guarida nocturna.
‎-Si de techo tengo las estrellas, mi alma -se jactaba en la respuesta -y ustedes pagan mi vicio cada vez en estas mesas y me procuran, buscando inútilmente las huella que dejé en otros lados.
"Además- seguía-, como me dan por loca, puedo ponerme a bailar donde y en el momento que quiera."
Cuando a su muerte se supo que antes de los portales era bailarina, cayeron en cuenta de cuánto en su "abandono" se cumplía.
Así uno, por épocas, que no es como ella y la libertad lo vence si se prolonga.
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Pasa un par de días, me lanzan del departamentito y con su abultada carga me acomodo en el soportal al que le tenía puesto el ojo.
El abuelo, que a estas alturas está preparado para cualquier eventualidad, se apresta a encabezar la fila con el porte minero a cuyo paso no hay quien resista una caravana. Mi madre volvió a ser la de los buenos tiempos y disfruta la aventura, con frecuencia hasta la carcajada limpia.
La abuela, como vaya donde vaya nadie la saca de la aldea, se preocupa sólo por la falta de condiciones para hacer los potajes y compotas, y el hermano Carlos tiene de sobra con el contento de visitar a sus crías y a las crías de las crías, que no conoció.
Desde luego a la inauguarición del nuevo hogar los primeros en presentarse fueron Filiberto, Juan, mi compadre Agustín y mi "comadre" el Grillo. Luego llego la de Cristo me ampare, que viene a ser sinónimo de Ohsis.


El Ojitos
Me había acostumbrado a andar bien avanzada la noche por la Industrial, y un miércoles, recuerdo bien, después de unas horas de trabajo regresé a la huelga de Traimobile.
Bajé del Huixquilucan en la contraesquina de la Brenner, cuando salían los últimos de los segundos turnos. La sombra era gruesa de ese lado de la calle y no supe de donde saltó el mocoso de cuatro patas que me asustó con su ridículo ladrido. Debía tener dos meses o así, de nacido, y sus ingenuos ojos brillaban coronando el circo que hacía para conquistarme.
No se podía evitar sonreírle, ni que él malentendiera el gesto y me siguiera convencido de haber ganado, al fin, un hogar. Al fin, digo, pues parecía llevar un buen rato así y entender ya que si luego de unos metros no había un nuevo signo de amistad en el interfecto al paso, debía probar con el próximo, y me dejó al cruzarnos con un paisano.
No le hizo el mínimo caso el hombre, sin duda acostumbrado a escenas de ese tipo, y como yo volteé interesado en su suerte, regresó sobre mí. Avanzando a la manera de dos buenos amigos, le expliqué la situación, pero a él le pareció una muestra indubitable de haber conseguido el objetivo, y no paraba de dar brinquitos y ladridos eufóricos.
Pensé en llevármelo a la huelga, pero alguien se me había adelantado un par de días, con no pocas protestas de los demás. En esas estábamos al bajar al arroyo en la esquina, cuando a unos metros en una sola acción un trailer arrancó y prendió las luces. Con dificultades el inexperto Ojitos dio marcha atrás antes de que se lo llevara el diablo.
Luego hubo un par de tensos minutos, de yo volverle a explicar y él de mirarme con el espanto que le había dejado el animalote aquél y el descubrimiento de un lado hasta ahí desconocido del mundo de espantos al cual lo habían entregado. No sé lo que habría hecho yo de no atravesar una pareja y a la mujer venírsele la ternura al contemplarlo. Con ellos reanduvo el camino y yo volví al mío.
Una hora después Juan de Dios me pidió que lo acompañara a su casa por un anafre, creo, y el Ojitos continuaba en su búsqueda, ahora desesperada e inútil, pues para entonces la noche se había quedado a solas con sus fantasmas.
Al olfatearnos echó a correr en dirección nuestra, pero íbamos por la banqueta contraria y los arrestos para repetir la experiencia de cruzar se le acabaron con el rugido de un horno que despertaba. Dio un giro enloquecido, la máquina cobró fuerza y salió de estampida.
La desesperación, sin embargo, debió obnubilarlo, y nosotros de vuelta a la huelga, no estaba más en la misma acera sino en la de enfrente, donde la empacadora, presentándole su espectáculo al policía de la caseta, que en su infinita soledad lo festejaba. Sonó un claxon, el policía se levantó disparado para abrir la puerta y el auto que salió por ella casi le arrancó la cabeza al enano, quien de nuevo se dio a la carrera.
La mañana siguiente, camino a botear, encontré a nuestro amigo una cuadra más allá. Seguramente de un puesto o de una bolsa con el almuerzo había caído lo necesario para llenar la pequeña panza, y se divertía con los paseantes. No iba más suplicando detrás de ellos, sino juego tras juego, de modo que en apariencia le había encontrado el gusto a la incertidumbre.
-Así es esto –debía decirse-, y no está mal. Un poco peligroso, pero entretenido.
Subí al camión con un par de compañeros, contagiado por su optimismo y su espíritu libertario.
Al terminar la tarea cuatro o cinco horas después, lo descubrí desde la ventana, antes de apearnos. Era un montoncito de carne muerta al borde de la Vía Morelos.
Cuento esta historia porque refleja un lado de la vida en el Ecatepec obrero, y porque los perros tuvieron en esos años un significado muy importante para mí. Algunos serían tan entrañables como el Ojitos, y otros, queriéndolo o no, se convertirían en terror después de aquella tarde en la General Electric.

Alardeando
Que los hijos compusieran un sistema de bromas con las declaraciones de su pa era el mejor mecanismo para defenderse de ellas, con las cuales literalmente los cosía, a fuerza de insistencia y volumen, se entiende.
No era sólo con ellos con quien perdía por completo el estilo queriendo acicalarlo, y entre las que les dirigía y las que escuchaban al paso, hicieron un buen paquete que me reparten en cada ocasión oportuna. Lo organizan por series. Quizás la mejor de éstas es la referida al papel que, a mi decir, ellos mismos me confirieron.
Van dos elocuentes muestras y el agregado que los individuos hicieron:
1.- En la mesa de un restaurante, entre sólo mujeres:
-Yo soy más madre que todas ustedes.
2.- En otra mesa con pura leidi, ahora en mi casa:
-Yo soy mas mujer...
Luego de esas y otras parecidas, muchos años después un médico a quien no sé cómo agradecer, amigo del que de plano tiene su estampa en mi cuarto con una veladora debajo, sacome la vesícula y, para descartar un tumor, siguió quince centímetros hasta el colón.
Convalecía hecho pomada, cuando los interfectos pideron ver la cicatriz e, intercambiando una mirada, exclamaron a coro:
-Chale, jefe, tú con tal de parecer que tuviste una cesárea...



Ese Lázaro
¿Te extraña, abuelo? Pero si llevas meses acompañándome y hará un par que te lo advertía.
Sí, cierto que corrí con suerte y no quedé en un callejón sin salida, como creía. ¿Que cuál es la razón entonces? Estoy cansado, muy cansado. Apenas me tengo en pie, ¿ves? Ay, Belarmo. ¿Me dejas llamarte así?
Me vence lo que jamás conociste. Hace tanto ya. Mi pequeño cuerpo es un prodigio, por eso no soporto se digan tan tristes cosas de sus congéneres. El daño está en el alma.
Digo tonterías, perdona.
Regarme por dentro. Sólo eso sirve, creo. Regarme, digo, y no lavarme, pues eso no se puede ni viene a cuento. Ay, abuelo. Cargame, anda, un rato.
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A la mañana siguiente, rumbo al trabajo uno de plano exclama:
-Lázaro, a quien diga que fue fácil, levántalo y ponlo a andar.




Pasaje
De no llegar el termómetro a cuarenta durante siquiera dos semanas, ni con forcepts me llevan al médico. Y es que no sé si por placer, negocio o responsabidad
l@s tataraniet@s de Hipócrates apenas abrir la puerta a los pacientes que pasan los sesenta años les sueltan un Pase, debe usted tener cáncer pero revisemos sin anda con suerte y se trata de un catarro.
Debiera saberlo y se me olvida cómo evolucionó la idea de la muerte en el cristianismo. Mi mala memoria recuerda sólo el tránsito hacía una muy mundana idea del más allá y sus prolegómenos, resumida en el arte del bien morir: la compra de indulgencias, la última confesión...
Como sea, y para no tocar el siempre delicado tema de los otros ni presumir de ideas, quisiera para mí algo distinto al perdón urgido, el entierro, la ya mera frase de conquistar el cielo: la impresión de desaparecer en la aventura y el regalo de un pasaje.
Sin restos, sin conocimiento siquiera de que la Amiga hizo su trabajo, los próximos podrían creer que uno anda corriendo la legua y usarlo de pretexto para imaginar lugares y humanidades desconocidos, que empiezan por las tierras propias, por la mismísima ciudad ésta, más grande y diversa que países enteros.
¿Y el abuelo?, preguntarían los nietos a sus padres y ellos contestarían, por ejemplo, Anda hundido en El Molino, el Rosario, Santa Clara, etc. O Ahora está en la Sierra de Petatlán, en la Chontalpa, la mixería... o Guatemala o el Mississippi adentro, y demás. Y con los pueblos y gentes, con sus sinfonías y su pantone de luces, calcular los enredos en que en cada caso se mete un tipo de mi estilo.
El segundo y quizás mejor pasaje que se entrega es la conversión en pasado perfecto. Una joya única, pues, que invita a paseos aún más extraordinarios: por donde no hay modo de que nadie vaya, entre la intimidad profunda de seres y cosas.
Un día sin qué hacer los amados subirían la penumbrosa escalera de piedra de López 95, recogiendo los aromas de cocinas que no existen más y tendrían frente a sí al metro cua
renta de abuela hablando por los poros de la misteriosa aldea en la cual vive a pesar de su década y media de fugas y ciudad gigante. Tendrían el perfume irrepetible de la carne de ella, el pasillito a la derecha, la enorme consola de la radio, al niño que se pierde entre esas presencias y el animado rumor de la calle, del mercado de pescado, los suaves quejidos de la madera bajo los pies, y caerle a ambos a preguntas... Y así, la vida entera si desearan, por el universo paralelo sin el cual ni ellos ni nada en torno se entiende.
(Viajar, viajar, todo se resume al viaje por dentro y por fuera. Nada se va, todo permanece, sólidos que se desvanecen en el aire, ¿verdad. Mr. Marshall Berman?)
Confío que al llegar el momento los míos acepten el regalo, con el folleto anexo de estos cuadernos.




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